¿Cuánto tiempo puedes decir que no?
Cuando vivía en Valencia, dejar de cobrar dos meses ya me daba pánico. Hoy aguantaría dos años y sigo sin sentirme libre. La historia de por qué ganar más no fue lo mismo que ser más libre.

Hace unos días me sorprendí pensando que trabajar por un sueldo me parecía una forma moderna de esclavitud. Sí, estas son las cosas que se me pasan por la cabeza cuando voy andando por la calle.
Pronto me di cuenta de que usar la palabra esclavo era exagerado. Yo puedo dejar mi trabajo, buscar otro, cambiar de país, ahorrar, intentar montar algo. Quien es esclavo de verdad no tiene ninguna de esas opciones, y comparar las dos cosas es como quejarte del wifi delante de alguien que no tiene agua corriente. Así que abandoné la palabra, pero no la pregunta: si no puedes permitirte dejar de trabajar, ¿hasta qué punto eres libre?
¿Es ganar más lo mismo que ser más libre?
Durante años pensé que sí. Pensaba que si estudiaba, conseguía un buen trabajo, ascendía y cobraba más, sería más libre. Diría que he tenido tres niveles de ingresos distintos en mi vida. No estoy convencida de que la libertad se incrementara al mismo ritmo que los ingresos.
Cuando vivía en Valencia, mi sueldo era más bien justito. Cubría el mes y poco más. Si entonces me hubieran preguntado cuánto tiempo podía decir que no, la respuesta habría sido incómoda: un par de meses, y con el susto en el cuerpo desde el primer día. Aquello no era poder parar, era un margen de emergencia. Podía cambiar de trabajo, eso sí. Pero no podía parar. No es lo mismo elegir entre dos puertas que poder quedarte quieta un rato en el pasillo.
Con esa cuenta corriente, cualquier cosa que pasara en la oficina era automáticamente aguantable. No porque yo fuera especialmente paciente, sino porque los gastos fijos llegaban puntuales todos los meses, me fuera bien o mal.
Luego me mudé a Madrid y me hice autónoma. Eso se tradujo en un incremento considerable de ingresos y en la satisfacción de saber que podía parar más meses, aunque me agobiaba pensar si encontraría algo tan bueno como lo que tenía.
Y podía estirarlo a casi un año si bajaba mis gastos variables, o sea, si cancelaba cenas, viajes, hobbies y todo lo que hace que un mes se parezca a una vida y no a una hoja de cálculo. Libertad en modo ahorro.
Después empecé a trabajar para empresas extranjeras y volví a ganar más. Bastante más. Hoy, si mañana dejara de cobrar, podría sostener mi vida dos años. Y eso sin tocar nada: mismo nivel de gasto, sin quitarme ni un lujo. Apretando, podría aguantar bastante más.
A eso habría que sumarle lo que llevo aportado a mi pensión, que serían varios años más. Pero ese dinero no lo cuento: está bloqueado hasta que el Estado decida que puedo tocarlo.
Ese debería ser el final feliz del post. No lo es. Sigo sin sentir que tengo la libertad de dejar de trabajar, y ahora te explico por qué.
El dinero que no me puedo gastar
Ese colchón que me mantendría dos años no está flotando en una cuenta esperando a que yo me coja un año sabático. La mayor parte es inversión a largo plazo en ETFs, fondos que replican un índice entero y se compran como si fueran una acción. Otra parte la tengo en contratos de opciones, una forma de trading activo en bolsa que llevo poco menos de un año aprendiendo a operar.
Todo eso tiene destino asignado en mi cabeza: es mi plan de jubilación. Tengo un número, y el día que ese dinero lo alcance, trabajar pasará a ser opcional de verdad. Te cuento por qué. Cuando llegue a ese número, el plan no es gastármelo, es retirar un 4% anualmente. Suponiendo que la rentabilidad media de la cartera sea del 8%, viviría de lo que produce sin vaciar la cuenta. El número no me lo inventé, hice las cuentas al revés: calculé cuánto necesito cada mes para vivir y de ahí saqué el importe que necesito para que el 4% dé lo que quiero recibir anualmente.
Para llegar a la cifra todavía me faltan años. Probablemente diez si nada se tuerce y si no consigo encontrar la manera de acortar ese plazo (que es mi plan).
Así que sí, técnicamente podría dejar de trabajar dos años. Pero ese dinero no está parado, está trabajando cada mes. Si lo uso para vivir, no pierdo solo lo que saco: pierdo todo lo que eso habría generado de aquí a mi jubilación. Y como el número al que quiero llegar sigue siendo el mismo, la factura no se paga en euros, se paga en los años que no puedo jubilarme. Cada año sabático de ahora me puede costar varios años más de trabajo al final. Es un préstamo que me hago a mí misma con un interés altísimo.
Por si hace falta decirlo: esto es lo que hago yo con mi dinero, no es asesoramiento financiero. Ninguna rentabilidad media viene firmada por nadie y yo también sigo aprendiendo, a veces a base de equivocarme.
Lo que me falta no es colchón
Es otra cosa: ingresos que no dependan de mi tiempo.
En las tres etapas hay algo que nunca cambió: todo lo que entra en mi cuenta sale de horas mías. Empleada o autónoma, aquí o fuera, el trato es el mismo: pongo tiempo y sale dinero. Lo único que cambió es el precio por hora, y eso no rompe el trato, solo lo renegocia.
Por eso dejé de medir mi libertad en euros y la mido en meses de no. No a un trabajo que ya no quieres. No a un cliente que no te compensa. No a una relación de la que no puedes salir porque no te la puedes permitir.
No quiero dejar de trabajar
Que quede claro: trabajar no es el enemigo. Me ha dado la vida que tengo, y si lo dejara me aburriría en dos semanas y acabaría organizando el armario por colores.
Lo que quiero es elegir: aceptar un proyecto porque me apasiona y no porque hay facturas que pagar, parar seis meses y volver sin que se haya derrumbado nada. Que el trabajo deje de traer ese contrato silencioso de seguir aquí hasta los sesenta y siete o más.
Para eso no me sirve ahorrar más. Me sirve tener ingresos que sigan entrando cuando no estoy delante del ordenador. En eso ando, en segundo plano, mientras cada mes sigo poniendo horas. Mi objetivo ya no es llegar al número: es acortar el plazo.
La pregunta que te dejo
Si mañana dejaras de cobrar, ¿cuánto tiempo podrías mantener tu vida? ¿Un año? ¿Tres meses? ¿Hasta el viernes? Y la parte que a mí me escuece: de ese tiempo, ¿cuánto podrías gastarte de verdad sin cargarte tu jubilación por el camino?
De eso va este blog: fabricar opciones poco a poco, con un trabajo, una familia y una vida que no puedes poner en pausa. Sigo lejos y no tengo ninguna fórmula mágica. Estoy trabajando para reducir mi nivel de dependencia todo lo que pueda.
Hay algo que se come esos meses de no más rápido que ninguna otra cosa. No es tu jefe. Te sonríe desde una app, te felicita por tu aprobación inmediata y viene en cómodos plazos. De eso hablo en el próximo post.
Si no diriges tu dinero, él te dirige a ti.
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