Mi tarifa no baja, pero cobro menos
Firmas una tarifa, te crees que eso es estabilidad y te quedas tranquila. El problema es que la tarifa se queda quieta y los precios no. Un día, por curiosidad, hice el cálculo y el resultado no me gustó.

Hace poco, por curiosidad, decidí hacer una cuenta sencilla. El resultado, en cambio, no me hizo ninguna gracia.
La letra pequeña de la palabra "estabilidad"
Soy autónoma y trabajo por proyectos. En mi sector los contratos son largos, y eso sobre el papel suena maravilloso: sé lo que voy a cobrar el mes que viene y, casi seguro, el de dentro de un año. Es la palabra que todo el mundo quiere oír. Estabilidad.
La letra pequeña es que esa cifra, una vez firmada, rara vez se mueve. Y como no sube sola, pasan los años y ahí sigue, tan estable ella.
La mía lleva años clavada.
Durante mucho tiempo lo viví como algo neutro: cobro lo mismo, gasto parecido, no pasa nada. Ese "gasto parecido" era el problema, y tardé bastante en mirarlo de frente.
La cuenta incómoda
Mi tarifa no había subido. La compra sí. La ropa sí. La electrónica sí. La guardería sí. Comer fuera sí. Todo sí.
Con números oficiales: entre enero de 2022 y julio de 2026, los precios en Reino Unido, que es donde vivo, subieron un 27,5%. Lo que entonces costaba 100, hoy cuesta 127,50.
Ahora míralo desde el otro lado. Si sigo teniendo 100, ya no llego a lo que costaba 127,50: solo me da para 78,43 de lo de antes. O sea, un 21,57% menos. Las dos cifras cuentan lo mismo: una mira los precios y la otra, mi bolsillo.
Un 21,57% menos. Más de la quinta parte de lo que gano, evaporada, sin que nadie me lo comunicara por escrito. No porque trabaje menos, ni peor, ni menos horas. Solo porque mi tarifa se quedó quieta mientras todo lo demás subía.
Por qué no me atrevo a pedir más
Lo lógico sería pedir una subida. En la práctica, el ambiente no acompaña.
En varios clientes he visto la misma película: un día hay un equipo de consultores aquí y al siguiente una parte del trabajo se ha ido a un país donde la mano de obra es más barata. A ti no te han echado todavía, pero lo ves llegar. Y con eso delante, levantar la mano para decir que quieres cobrar más se parece mucho a presentarte voluntaria para la siguiente ronda.
Encima está la inteligencia artificial. No pasa una semana sin un titular que anuncia que trabajos como el mío tienen los días contados. Sea verdad o no, el efecto es el mismo: no parece el mejor momento para pedir más por algo que, según las noticias, pronto hará una máquina sin quejarse.
Así que la tarifa no se mueve, y las consecuencias son las que son: los gastos siguen subiendo y los ingresos no.
Y hay otra trampa, más difícil de ver. Como en mi factura seguía poniendo lo mismo, no tenía la sensación de estar perdiendo dinero. Nadie me quitaba nada: cada mes, ese mismo dinero compraba un poco menos. Y eso no duele, porque no hay un día en el que lo notes. Es un martes cualquiera, y otro, y otro.
Trabajar más horas no era la respuesta
Lo primero que se me ocurrió fue meter más horas. Pero el día tiene las que tiene, y las mías ya están repartidas entre el trabajo y una niña a la que prefiero ver crecer. Aunque llenara hasta el último hueco del calendario seguiría con el mismo problema.
Ese fue el cambio de chip. El problema no eran las horas. Era depender de una sola fuente de ingresos y, encima, de una que no sube con los precios. Quien tiene un piso alquilado puede subir el alquiler. Quien vende algo, sube el precio. Mi tarifa, en cambio, normalmente se queda donde la firmé.
Así que empecé por dos lados. Por uno, pongo una parte de lo que gano a trabajar por su cuenta, en cosas que con el tiempo pueden crecer. Por otro, estoy empezando este blog, que algún día me gustaría que también diera ingresos. Y hay más ideas en camino: se trata de diversificar.
No te lo cuento porque tenga la fórmula resuelta. La estoy montando ahora, con dudas, con meses en los que no aporto nada a mis inversiones porque llegó una factura inesperada, y con la sensación permanente de llegar tarde. Te lo cuento porque ojalá alguien me hubiera abierto los ojos mucho antes.
La pregunta que te dejo
¿Lo que ingresas ha subido al mismo ritmo que lo que te cuesta vivir?
No hace falta que te fíes de mi 27,5%, que es el de mi país y el de mis años. Aquí abajo tienes una calculadora para hacer tu propia cuenta: metes lo que cobrabas, lo que cobras hoy y desde cuándo, y te dice si tus ingresos han ido por delante de los precios o por detrás. Tarda menos que leer este post.
Y el número cambia según desde dónde mires. Comparado con 2022, soy un 21,57% más pobre. Comparado con 2006, cuando empecé en esto, soy un 622% más rica, aunque entonces vivía con mis padres y mis gastos eran una merienda. Las dos son verdad: una mide cuánto he crecido y la otra cuánto se me está comiendo la inflación desde que dejé de crecer.
A veces sale que vas bien y te quedas tranquila. A veces sale un número feo. Pero el número feo llevaba ahí todo el tiempo, y lo único que cambia al mirarlo es que ya no puedes decir que no lo sabías.
Que es, más o menos, la definición de abrir los ojos.
Fuente del dato de Reino Unido: índice de precios al consumo, de 111,6 en enero de 2022 a 142,3 en julio de 2026. Oficina de estadística británica (ONS), serie D7BT.
Si no diriges tu dinero, él te dirige a ti.
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